viernes, 13 de junio de 2014

Olas de soledad.



Quién diría que ahora me pararía a recordar esos labios, ese instante, tan efímero y poco importante en ese momento, y ahora el único recuerdo vívido de tu sutil presencia en mi mente.
Una tarde de cálida, junto a la playa, en el porche de esa casa. Recuerdo los rayos de sol, la luz que embargaba todo de una clara calma, el sonido del mar y ese refrescante olor. Olor especial y leve, una mezcla de salado mar, crema solar suave, y tú.
Recuerdo tu preciosa sonrisa detalladamente, blanca dejándose entrever entre tus mullidos labios rosa pálido, y a estos ensanchándose lenta y maravillosamente, mostrándomela. Ese perfecto momento en el que se unieron a los míos. Dulcemente. Y fugazmente. Como una ráfaga fresca y genuina de felicidad y cariño.
Luz, colores, tacto, y esa sensación de sentirme en el hogar, entre tus brazos. Emociones.
Y ya está.
Ni tus ojos de profunda mirada, ni tu pelo parcialmente brillante, ni si quiera recuerdo tus facciones, solamente retengo la idea de que eran bonitas, tanto cómo lo que nosotros teníamos. Tras tantos años sin oír de ti, sin verte ni buscarte, quizá más.
Y de pronto, ahora ese instante tan efímero y breve, se ha convertido en la única muestra de esa realidad que amaba, y a la que me aferro y añoro en mis momentos de desesperada soledad. Y en algo importante.
Triste, nostálgica, pero bonita. Cómo siempre dijiste que era yo. Cómo sigo soñando que eres tú.
Ingenua y tonta de mí, que tras todos estos años, cada instante que plasmo en mi mente esa playa y su  eterna calidez, me pregunto dónde estás. Y si tan sólo estás allí.







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