lunes, 1 de octubre de 2012

Dos cuerpos, cama rústica.



"Nuestros labios se entreabrían para ir cogiendo aire, y teníamos los ojos cerrados.
Nuestros pies inquietos seguían el ritmo de la música y marcaban nuestro movimiento, jugando entre  ellos y escapándose como niños traviesos.
Y nosotros nos dejábamos llevar por los sentimientos.
El agua iba salpicándome toda la piel, pero eso no importaba, yo sentía que no podía parar, que tenía que seguir la coreografía que mi corazón dictaba.
Un giro y una vuelta, y otro giro más. Nuestras piernas se cruzaban sin llegar a tocarse.
Nuestros cuerpos se acercaban y alejaban, como el balanceo de mis caderas y mis brazos. Yo solo notaba cómo la música fluía y resbalaba por todas mis extremidades, suave y fiera a la vez, empujándome a subir y bajar, a bailar contigo y también sola.
Parecía que tú te ibas guiando por lo mismo, y los dos nos complementábamos en esa danza rápida que mezclaba sensaciones únicas.
Vueltas y coreografía delicada que iba interpretando con cada brusco y suave movimiento.
Y de pronto un último paso fugaz y terminamos chocando nuestros cuerpos.
El baile de nuestros corazones encontró un principio, y el juego del amor dio paso al periodo de prueba. Al ensayo antes de subir al escenario, cómo una relación que no comienza en ninguna fecha.
Y entonces me fijé verdaderamente en tí..., y sentí que mi mundo había cambiado. Quedó patas arriba, y al igual que nuestra coreografía, dio una vuelta de ciento ochenta grados.
Nos pusimos derechos, sin aliento, y nos miramos con complicidad dentro de esa sala rústica.
Nuestros ojos se observaban chispeando satisfechos.
Buen trabajo, y buena música."

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